
En la foto (izq-der): Coraly León Morales, Gloria M. Vázquez Meléndez, Cristina Parés-Alicea, Verónica Colón Rosario, Lisdel Flores Barger, Miguel Vázquez Rivera, Stephanie Figueroa, y Kari Claudio Betancourt
(San Juan, Puerto Rico- 15 de enero de 2025) Puerto Rico ya está viviendo las consecuencias de la crisis climática.
Según el Índice de Riesgo Climático 2025, publicado por Germanwatch, Puerto Rico se ubicó entre las diez regiones más afectadas por eventos climáticos extremos en 2022, reflejando tanto su alta exposición a amenazas climáticas como su limitada capacidad de adaptación. Huracanes, inundaciones, terremotos, olas de calor y apagones prolongados ya no son eventos aislados, sino interrupciones recurrentes que moldean la vida cotidiana.
Lo que hace que estos impactos climáticos sean especialmente peligrosos es el contexto en el que ocurren.
Décadas de contracción económica, medidas de austeridad impuestas a nivel federal y el debilitamiento de las instituciones públicas—agravados por el huracán María en 2017 y los terremotos de 2019–2020—han erosionado gravemente sistemas esenciales, entre ellos:
A pesar de los miles de millones de dólares asignados para la recuperación federal, muchas comunidades continúan en procesos de recuperación parciales o estancados. La red eléctrica sigue fallando con frecuencia, las agencias públicas operan con capacidades limitadas y las organizaciones comunitarias se ven obligadas a cubrir los vacíos que deja el Estado.Esto ha generado lo que muchas personas en Puerto Rico describen como un “modo de recuperación permanente”: una condición de crisis crónica que deja poco margen para la planificación a largo plazo o la prevención.
Puerto Rico contribuye mínimamente a las emisiones globales de gases de efecto invernadero, pero asume algunos de los costos climáticos más altos del mundo. Estos impactos no se distribuyen de manera equitativa.
Cuando el huracán María devastó el archipiélago, el colapso de la infraestructura—en particular del sistema eléctrico—dejó comunidades enteras sin electricidad durante meses. El acceso a agua potable, refrigeración de medicamentos, transporte seguro y servicios de salud se convirtió en una lucha diaria.
Las mujeres absorbieron gran parte de esta carga.
Coordinaron el cuidado de niñas y niños, personas mayores y personas con discapacidades. Encontraron formas de conseguir alimentos, agua y atención médica mientras enfrentaban desempleo, desplazamiento y trauma. Los desastres no solo destruyen infraestructura física; también revierten avances logrados con dificultad en materia de equidad de género.
Estas dinámicas reflejan patrones globales. Como ha señalado Jemimah Njuki, de ONU Mujeres:
«La crisis climática no es neutral en cuanto al género. Las mujeres y las niñas soportan de manera desproporcionada los impactos del cambio climático, y sin embargo sus voces siguen estando subrepresentadas en la toma de decisiones climáticas.”
De manera similar, Sarah Hendriks, Directora Ejecutiva Adjunta (a.i.) de ONU Mujeres, advierte:
«El cambio climático está creando una espiral descendente para las mujeres y las niñas… Necesitamos transformar las economías alejándolas de la extracción y la contaminación, e integrar los derechos de las mujeres en todos los aspectos de la política y el financiamiento climático.”
Las desigualdades estructurales—como el acceso limitado a la propiedad de la tierra, la exclusión de espacios de toma de decisiones y la carga desigual del trabajo de cuidados no remunerado—exponen más a las mujeres a los impactos climáticos y reducen sus posibilidades de beneficiarse de los recursos de recuperación.
Los desastres climáticos en Puerto Rico se cruzan con una profunda crisis de vivienda.
El aumento en los costos, la limitada disponibilidad de vivienda asequible y los daños recurrentes causados por tormentas y terremotos han empujado a muchas familias a condiciones de vida precarias—o fuera de sus comunidades por completo. El desplazamiento rompe el acceso a escuelas, empleos, servicios de salud y redes informales de cuidado que sostienen la vida cotidiana.
Para las mujeres, las niñas y las personas LGBTQ+, la inestabilidad habitacional incrementa:
Cuando las personas no pueden reconstruir de forma segura y asequible, cada nuevo evento climático profundiza el daño existente en lugar de permitir una recuperación real.
Los impactos del cambio climático van mucho más allá de la infraestructura.
Tras el huracán María, Puerto Rico experimentó un aumento documentado en los reportes de violencia de pareja y feminicidios, una tendencia consistente con investigaciones globales que vinculan los desastres con el aumento de la violencia de género. El desplazamiento, el desempleo, los refugios sobrepoblados y el colapso de los servicios sociales crean condiciones de alto riesgo.
Las organizaciones lideradas por mujeres—albergues, líneas de ayuda y grupos de acompañamiento—muchas veces operando con recursos limitados, se convirtieron en salvavidas. Durante los terremotos de 2019–2020, surgieron patrones similares: mujeres denunciaron acoso y violencia, mientras las respuestas institucionales no ofrecieron protección adecuada.
Sin planificación con enfoque de género, los desastres climáticos se convierten en multiplicadores de violencia, profundizando la desigualdad y el trauma mucho después de que desaparecen los titulares.
Informe de investigación: Cuando la tierra tembló: Violencias y resistencias de las mujeres tras los terremotos del sur de Puerto Rico 2019-2020
A pesar del subfinanciamiento crónico, las organizaciones lideradas por mujeres y las organizaciones inclusivas con las personas LGBTQ+ han sido fundamentales en la respuesta y recuperación climática en Puerto Rico.
Algunos ejemplos incluyen:
En conjunto, estas organizaciones demuestran que las respuestas climáticas más efectivas están arraigadas en el conocimiento comunitario, la confianza y la inclusión. No operan como proveedoras de alivio a corto plazo, sino como infraestructura local esencial, profundamente integrada en las comunidades a las que sirven.
Sin embargo, las organizaciones locales lideradas por mujeres reciben solo una fracción del financiamiento climático y de recuperación en comparación con entidades externas de gran escala. Esta disparidad refleja:
Esto no es un problema de capacidad. Es un problema de acceso.
A las personas puertorriqueñas se nos elogia con frecuencia por nuestra resiliencia. Pero la resiliencia no debe significar adaptarse indefinidamente a sistemas rotos.
En la Fundación de Mujeres en Puerto Rico creemos que la preparación—no la resistencia infinita—es la meta.
Esta convicción dio origen al Fondo de Mitigación, un programa diseñado para fortalecer organizaciones lideradas por mujeres y arraigadas en sus comunidades antes de que ocurra la próxima crisis.
Mediante apoyo flexible y operativo, las organizaciones aliadas pueden:
Cuando las organizaciones cuentan con recursos, no tienen que elegir entre responder a emergencias o impulsar justicia a largo plazo. Pueden hacer ambas cosas.
La justicia climática en Puerto Rico no puede lograrse sin justicia de género.
Las mujeres, las niñas y las personas LGBTQ+ son desproporcionadamente afectadas por los desastres climáticos—pero también están liderando las soluciones comunitarias más efectivas. Estos liderazgos están reconstruyendo desde la base, mientras enfrentan subfinanciamiento crónico y exclusión sistémica.
En la Fundación de Mujeres en Puerto Rico creemos que el progreso comienza cuando financiadores y responsables de política pública reconocen a las organizaciones lideradas por mujeres y con enfoque inclusivo de género como aliadas esenciales para la resiliencia climática, y no como actores periféricos.
Las personas más afectadas por los desastres climáticos—mujeres, niñas y comunidades LGBTQ+—son también quienes están construyendo las respuestas más efectivas, confiables y sostenibles. Sin embargo, su liderazgo continúa siendo crónicamente subfinanciado y marginado en las políticas climáticas y en los procesos de recuperación.
Las organizaciones lideradas por mujeres y con enfoque de género no son actores secundarios en la respuesta climática en Puerto Rico: son infraestructura esencial. Preparan a las comunidades antes de que ocurra el desastre, sostienen los sistemas durante la emergencia y acompañan la recuperación mucho después de que la atención externa desaparece. Cuando estas organizaciones cuentan con recursos, las comunidades están más seguras, mejor organizadas y en mejores condiciones para recuperarse con dignidad.
En la Fundación de Mujeres en Puerto Rico creemos que la pregunta ya no es si debemos invertir en soluciones climáticas lideradas por mujeres, sino con qué urgencia debemos ampliarlas. La preparación requiere visión, flexibilidad y confianza en el liderazgo local—no soluciones temporeras después de que el daño ya es irreversible.
Si queremos un futuro en el que las comunidades no tengan que sobrevivir crisis tras crisis, debemos invertir ahora en el liderazgo que ya ha demostrado que puede proteger la vida, la dignidad y la resiliencia colectiva.
Acompáñanos a fortalecer el liderazgo comunitario y a construir un futuro basado en justicia, seguridad y preparación.
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