
Por Karla Ferrer Arévalo (Wet Justice)
Hay conversaciones que no pueden seguir siendo susurros. Hay aprendizajes que no pueden depender de la suerte: si tu familia “habla del tema”, si tu escuela lo permite, si alguien te orientó a tiempo. En Puerto Rico, la educación sexual integral sigue siendo un terreno disputado, lleno de mitos, miedos y censuras. Y mientras tanto, las adolescencias y juventudes continúan creciendo en un país donde sus derechos sexuales y reproductivos existen… pero muchas veces no se conocen, no se nombran y no se ejercen.
Desde Wet Justice, y con el proyecto Jurao, decidimos entrarle de frente a esa realidad: orientar a jóvenes para que puedan reconocerse, tomar decisiones informadas y vivir su sexualidad con bienestar, autonomía y dignidad. Porque esto no es un tema “moral” ni un debate superficial. Es salud, seguridad, prevención, derechos humanos y futuro.
El objetivo central de Jurao fue claro: acompañar a adolescentes y jóvenes hacia el reconocimiento, la autonomía, el empoderamiento y el bienestar desde una mirada de justicia sexual y justicia reproductiva. Y sí: desde el inicio lo pusimos en contexto. Aunque todavía hay derechos protegidos por leyes en Puerto Rico, sabemos que muchos de esos derechos están amenazados. Por eso, el conocimiento no podía ser abstracto. Tenía que ser útil, práctico y movilizador.
Trabajamos a través de cuatro talleres por grupo, en jornadas intensas, completas, de dos días. Fue un proceso profundo, con muchísima participación, dinámicas, reflexión y construcción colectiva. En Jurao no llegamos a “dar una charla”. Llegamos a crear un espacio donde la juventud pudiera mirarse con honestidad y decir: “esto es lo que me han enseñado… y esto es lo que necesito aprender para vivir mejor”.
Una de las primeras cosas que hicimos fue ampliar la conversación: hablar de sexualidad no como algo reducido a “riesgo” o “prohibición”, sino como un universo integral que atraviesa identidades, relaciones, emociones, decisiones, salud y poder. A partir de ahí trabajamos:
Jurao fue educación, sí. Pero también fue formación para la vida: para reconocer límites, para identificar violencia, para nombrar derechos, para exigir servicios, para acompañarse entre pares.
Algo que para mí fue esencial fue que la juventud se fuera con herramientas concretas. Por eso trabajamos con leyes vigentes en Puerto Rico, aunque muchas sean obsoletas o casi letra muerta, porque la realidad es que una gran parte del país —incluyendo personas adultas— no las conoce.
Que una joven o un joven pueda llegar a solicitar un servicio, y que tenga información y evidencia de dónde eso está escrito, es una forma de protección. Es también una forma de resistencia frente a la desinformación. Jurao no solo brindó conocimiento: brindó poder práctico.
Una de las cosas que Jurao volvió a confirmarme es que no hay una sola juventud. Las necesidades cambian según el municipio, la clase social, el acceso a información, y los entornos familiares y comunitarios.
Realizamos tres grupos presenciales en sedes de organizaciones aliadas:
Y añadimos un grupo virtual que, aunque requirió adaptar y reducir contenidos, tuvo un valor importante: permitió la participación de personas adultas (mamás, lideresas comunitarias, maestras), porque acompañar a la juventud también requiere que quienes cuidan tengan herramientas.
En total, se integraron 45 personas: 41 jóvenes entre 14 y 21 años (39 presenciales y 2 virtuales) y 4 personas adultas en el grupo virtual. Tuvimos participantes de múltiples municipios: San Juan, Bayamón, Carolina, Guaynabo, Aguas Buenas, Caguas, Trujillo Alto, Toa Alta, Toa Baja, Ponce, San Lorenzo, e incluso una joven que llegó desde San Germán motivada por la experiencia de su tía.
La educación sexual integral no puede ser un privilegio del área metro. Jurao confirmó que hay rezagos enormes, y que la urgencia no es un eslogan: es una realidad.
En el grupo de Caguas se presentó un reto que me marcó: un joven expresó creencias dañinas y tóxicas sobre personas LGBT. Fue impactante ver cómo sus palabras y su retórica coincidían casi exactamente con los discursos antiderechos que circulan en internet y en medios.
No lo digo para señalarlo como individuo. Lo digo porque es una evidencia viva de algo que está pasando con muchos jóvenes varones: se les ha vendido la idea de que el feminismo es su enemigo. Que “les quita” algo. Y esa narrativa se reproduce, se repite, se aprende.
Lo que me sostuvo fue el proceso. Él permaneció en los talleres. Participó. Refunfuñó, sí. Y también fue quedándose. Observamos un cambio en la expresión inicial y la final. Incluso, en la posprueba, sus respuestas fueron correctas. No sé si fue reflexión profunda o deseo de pertenecer al grupo; lo que sí sé es que la educación abre grietas en el discurso del odio. Y esas grietas son posibilidades.
En el camino como facilitadora, algo me quedó muy claro: este trabajo no puede descansar en el desgaste constante ni en la idea de que “con voluntad basta”. Coordinar, convocar, sostener espacios y acompañar procesos requiere tiempo, energía y equipo. Hubo momentos en que llegaba a facilitar ya con el cuerpo cansado, porque gran parte del esfuerzo se iba antes, en la logística y en lograr que la gente pudiera llegar.
Me encantaría que iniciativas como esta pudieran entrar de forma natural a las escuelas, pero la realidad es que el clima político y las barreras actuales lo hacen cada vez más cuesta arriba. A veces toca ajustar el enfoque para poder abrir puertas en espacios donde todavía existe mucha desinformación y temor alrededor de la educación sexual integral, y aun así no dejar de acompañar a quienes más lo necesitan.
Por eso, cuando pienso en lo que viene, lo veo con honestidad: la continuidad de Jurao—y de Wet Justice—va a depender del respaldo que exista. El voluntariado no puede ser la base permanente de un trabajo tan urgente. La entrega es inmensa, sí, pero para que esto sea sostenible hace falta apoyo real: recursos, condiciones y acompañamiento que permitan que la educación sexual integral sea constante, y no una excepción sostenida a puro sacrificio.
En medio de ataques, fundamentalismos y desinformación, puedo decir esto con orgullo: Jurao ha echado raíces. La necesidad está. La urgencia está. Y la juventud quiere espacios seguros para preguntar, aprender, equivocarse, conversar y transformar.
Educar en justicia reproductiva y sexual es abrir caminos para vidas más libres. Y en un contexto donde intentan retroceder derechos, educar también es defender.



























| En la Fundación de Mujeres en Puerto Rico nos honra acompañar a copartes como Wet Justice, porque su trabajo demuestra que la justicia reproductiva se sostiene en lo cotidiano: en la educación, la prevención, el acompañamiento y la creación de entornos seguros para adolescencias y juventudes. Apoyar a Wet Justice es apostar por una educación sexual integral con perspectiva feminista, que no solo informa, sino que protege, empodera y transforma comunidades, especialmente en un contexto donde derechos fundamentales continúan siendo amenazados. Para nosotras, sostener derechos requiere recursos, confianza y organización: por eso invertimos en copartes que echan raíces, amplían acceso y construyen futuro desde la equidad. |
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